Los pies de la bailarina describen los pasos de la infancia, el primer temor, el gusto deslumbrante por los objetos y los colores, el descubrimiento de la destrucción que puede hacer la mano del hombre y la magia de contar las escamas de los peces.
El cuerpo de la bailarina goza con las miradas furtivas, los sonidos de manos que escriben y el amor que también significa traición. En su vaivén aprende el oficio de la amistad.
Los brazos de la bailarina se funden en comuniones que se imaginan eternas, en encuentros inacabados y en el deseo que descubre en su ser la existencia.
La mirada de la bailarina llora, incita, desea y se ciega, espía y, al fijarse, descubre la soledad.
En las siluetas que traza el movimiento de la danza y que permanecen grabadas en el aire, cual fantasmas, podemos reconocernos. Son doce relatos que hablan de una vida que resulta cercana, conocida, que bien podría ser la de cualquiera y que, justamente por ello, resalta la desesperación, el dolor, el desamparo.
Se trata, pues, de una invocación puntual, ya que así que una bailarina puede llegar al duende por sevillanas, una escritora, con tal claridad y naturalidad para contar sus historias, hace de la palabra música, danza y palabra hablada.









